SIGIFREDO SANCHEZ
Actualizado: 16 ago
Gente de mi pueblo

Antes de comenzar, quiero pedirles algo.
Al final de esta publicación déjenme sus comentarios. Para mí es muy importante conocer qué les transmiten estas historias y estos retratos, porque sus palabras también me ayudan a entender qué es lo que me mueve a continuar con esta cadena de fotografías de la gente de nuestro pueblo.
El personaje que escogí para esta semana no fue tan fácil de convencer.
En dos ocasiones me acerqué a él para contarle sobre mi proyecto y sobre las ganas que tenía de retratarlo. Sin embargo, mi personaje no parecía estar muy convencido de aquello de ponerse frente a la cámara.
Así que un lunes de estos me reuní con él y con algunos de sus hijos. Mi intención era explicarle con calma todos los detalles del proyecto y, de paso, coordinar la fotografía para el miércoles siguiente.
Pero había un pequeño detalle...
Yo andaba el equipo en el carro.
Cuando finalmente nuestro invitado accedió a mi propuesta, no quise perder la oportunidad. Me adelanté complacido y le dije:
—¿Y por qué no hacemos la fotografía de una vez?
Y así fue.
Ahora bien, ¿qué hace tan especial a este caballero?
Creo que la mejor manera de explicarlo es contando una historia.
Mi hermano y yo tomamos el camión como a las seis y media de la mañana y salimos rumbo a Concepción. Al llegar a la finca nos recibió un clima de esos que uno no olvida: hacía un frío del carajo, soplaba un viento sin igual y, para terminar de acomodar el panorama, caía un pelo de gato que más bien invitaba a arrullarse entre los abrigos y los sacos que llevábamos para recoger café.
Daban más ganas de dormir y comer que de cualquier otra cosa.
Las matas de café estaban heladas y mojadas, pero, por dicha, en nuestro callejón había una arboleda. Sí, sí... de esas que antes se utilizaban para darle sombra al café y que, además, servían como tapavientos.
Debajo de aquellos árboles quedaban pedacitos de tierra seca, protegidos del viento y de la lluvia.
¡Perfecto!
Ahí mismo nos acomodamos mi hermano y yo y decidimos desayunarnos el almuerzo.
Y qué almuerzo...
Todavía lo recuerdo: arroz, frijoles, plátano maduro y un picadillo de vainica del día anterior. Todo calientito y sabroso.
Y, por supuesto, no podía faltar la media de Coca-Cola con fresco de limón ácido.
¡Wao!
En aquel momento aquello sabía a gloria.
Nos sentamos a comer mientras pasaba el aguacerillo mañanero con el que el cafetal había decidido recibirnos ese día.
Terminada la comilona y pasado el aguacero, ya no quedaba más que levantarse, acomodarse el saco y pegar aquel grito que tantos reconocemos:
—¡¿Dónde va el corteee?!
Y ¡zas!, a juntarse con los demás cogedores.
Había que hacer el día y terminar con prontitud, con una motivación adicional: ahora sí que no quedaban reservas pal almuerzo.
Hoy lo recuerdo y me causa gracia, pero también me hace pensar en cuántas historias como esta nacieron entre los cafetales de nuestro pueblo.
Historias de madrugadas, botas embarrialadas, manos frías, canastos, sacos, almuerzos debajo de un árbol, bromas entre callejones y familias enteras que encontraron en la cogida del café una forma de ganarse unos pesos y, sin darse cuenta, también de construir recuerdos.
Y detrás de muchas de esas historias estuvo el hombre que hoy tengo el privilegio de retratar.
Les presento a don Sigifredo Sánchez.
Un ícono de la agricultura de nuestro cantón. Un hombre que durante muchos años dio trabajo a muchísimas personas en las épocas de cogida de café y que, de una u otra manera, permitió que un puño de lugareños viviéramos experiencias como aquella que hoy les cuento.
Un señor que a través de los años ha procurado conducirse con principios y valores, y que tomó las tierras que Dios puso en sus manos para trabajar, producir, cultivar y, sobre todo, generar oportunidades para otras personas.
Tierras de las que también brotó ese fruto que durante generaciones ha sido parte inseparable de nuestra historia:
el café, nuestro grano de oro.
Hoy mi cámara retrata a don Sigifredo.
Pero detrás de su rostro también están aquellos cafetales, las madrugadas frías, los cogedores, los sacos, los almuerzos improvisados y tantas historias de nuestra gente.
Porque hay personas que forman parte de la identidad de un pueblo no solamente por lo que hicieron para sí mismas, sino por el trabajo y las oportunidades que sembraron para los demás.
Y quizá por eso, al mirar este retrato, algunos todavía podamos escuchar a lo lejos aquel grito entre los cafetales:
—¡¿Dónde va el corteee?!






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