EMILIO ESPINOZA
Actualizado: 16 ago

El personaje de hoy es alguien muy especial y espero que esta historia logre estremecer la memoria de más de un rafaeleño.
Para encontrarlo tenemos que regresar a los años ochenta, cuando mi memoria apenas comenzaba a guardar pequeños detalles en algún rincón profundo de mi mente.
En aquel momento no tenía idea de que, tantos años después, esos recuerdos volverían a florecer para convertirse en historias como esta.
Recién llegado a la Urba, la Arguedas Molina, no teníamos demasiados vecinos. Pero eso nunca fue impedimento para que lográramos juntarnos unos cuantos chiquillos.
Y como nuestros ratos libres ocupaban prácticamente todo el día, nos dedicábamos a recorrer trillos, cafetales y cuanto rincón encontráramos para entretenernos durante las mañanas y las tardes.
Aquello era un verdadero paraíso.
La Urba estaba rodeada de cafetales, ríos y espacios perfectos para nuestro jolgorio diario.
Y créanme...
¡Les sacábamos provecho!
Entre los güilas del lugar formamos un grupo al que llamábamos «La Barra».
Nuestra organización tenía un reglamento bastante sencillo y un único objetivo:
jugar, jugar y jugar.
Practicábamos cuanto juego se nos ocurriera.
Nuestros particulares Juegos Olímpicos incluían los trompos, las bolinchas, el famoso quedo, la anda, el escondido, un, dos, tres, tarro, el pateadero, escudo corona, ladrones y policías...
Y, por supuesto, no podían faltar las mejengas en la calle principal de la Urba.
¿Carros?
¡Casi ni pasaban por ahí!
La calle era prácticamente nuestra.
La única regla verdaderamente seria era aprovechar el día hasta escuchar aquel llamado inevitable desde alguna de nuestras casas:
—¡Venga a comer!
Y ahí sí se acababan las Olimpiadas.
Pero para contarles la historia de hoy tengo la obligación de presentar primero a otro personaje.
El famoso y mal encarado Biyu.
Biyu era un perro de muy buen porte, casi saguate, que tenía una afición bastante particular: correr a quien se le antojara.
Yo disfrutaba muchísimo aquello porque Biyu era de mi casa y, por lo tanto, ni a mi hermano Juan ni a mí nos corría.
Los demás tenían menos suerte.
Recuerdo que entre sus preferidos estaban Ado, Florián, Alex, el Flaco Miguel Ángel, Ronny, el famoso Jebillo, Eduard y Walter.
¡A esos sí les tocaba correr!
Pero Biyu no solamente servía para poner a prueba la velocidad de los carajillos.
También era nuestra alarma natural.
Sí, sí...
¡Una alarma!
Aquel casi saguate tenía un oído extraordinario.
De repente comenzaba a ladrar insistentemente hacia algún punto lejano.
Nosotros no escuchábamos nada.
Biyu sí.
Algo se acercaba.
Y conforme aquello se aproximaba, el perro se alborotaba cada vez más, hasta que finalmente salía disparado a toparlo.
Entonces nosotros afinábamos el oído.
Esperábamos.
Y poco a poco comenzábamos también a escucharla.
La carreta.
Ahí empezaba otra competencia olímpica.
En aquellos tiempos a muchos no nos daban permiso de salir con tanta facilidad, así que había que ingeniárselas para escapar de la casa y sumarse al jolgorio.
Porque si Biyu estaba ladrando de aquella manera significaba una sola cosa:
¡venían los bueyes y con ellos venía la aventura!
¿A cuál carajillo no le iba a gustar dar una vuelta en carreta?
Aquello era sensacional.
Todos queríamos subirnos.
Y tengo que confesar que la nobleza infantil desaparecía rápidamente cuando había pocos campos disponibles...
Más de una vez nos valíamos del tamaño y del cuerpo para subir primero y dejar a los más pequeños por fuera.
¡Había que asegurar campo!
La vuelta comenzaba cerca de la esquina de la casa de don Arnobio Sánchez y llegaba hasta el recibidor de café de la Urba.
Y lo mejor de todo:
había viaje de ida y viaje de vuelta.
Nadie quería perdérselo.
Ahí íbamos nosotros, montados en aquella carreta como si estuviéramos realizando el viaje más extraordinario del mundo.
Hoy uno lo piensa y sonríe.
No había pantallas.
No había videojuegos.
No necesitábamos grandes cosas.
Nos bastaban una calle casi sin carros, un grupo de amigos, un perro loco llamado Biyu y el sonido de una carreta acercándose para convertir una tarde cualquiera en una aventura inolvidable.
Pero detrás de las riendas de aquella carreta había un hombre.
Un hombre que probablemente nunca imaginó que sus recorridos cotidianos estaban dejando semejante recuerdo en un montón de carajillos.
Hoy Identidades quiere agradecerle por aquellas vueltas, por esos momentos y, especialmente, por representar una de las tradiciones más hermosas de nuestra cultura costarricense.
Damas y caballeros, tengo el enorme orgullo de presentarles al legendario señor Emilio Espinoza Ulate, uno de los boyeros más emblemáticos de San Rafael de Heredia.
Don Emilio forma parte de nuestra historia, de nuestra cultura y de una tradición que durante generaciones acompañó la vida de nuestros pueblos.
Pero para algunos de nosotros representa algo todavía más íntimo.
Representa infancia.
Representa aventura.
Representa aquella carrera desesperada para conseguir un campo en la carreta.
Y después de tantos años, todavía me resulta imposible pensar en don Emilio sin recordar primero a aquel casi saguate levantando las orejas, saliendo disparado hacia la calle y anunciándonos con sus ladridos:
¡Alístense, carajillos, que ya viene la carreta!
Hoy les dejo su retrato.
Y los invito a regalarme sus opiniones sobre la imagen y, especialmente, sus propios recuerdos de don Emilio.
Porque tal vez descubramos que aquella carreta no solamente transportaba café.
También iba recogiendo pedacitos de nuestra infancia.






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