VICTOR VARGAS
Actualizado: 16 ago

Hola, gente linda.
Tengo que confesarles que Identidades me ha permitido encontrar personas muy valiosas y, sobre todo, familias enteras que han abierto las puertas de sus casas y una parte de su privacidad para permitir que este proyecto siga creciendo.
Personas de todas las edades que, con sus historias, comentarios y aportes, hacen posible que semana tras semana podamos cumplir nuestro objetivo.
De antemano, mil gracias por semejante apertura y confianza.
Cerramos el mes de la patria con un gran personaje, don Emilio, el boyero, y comenzamos octubre con otro hombre que definitivamente ha dejado una huella importante en nuestra historia cantonal.
Para comenzar esta nueva historia tenemos que ubicarnos geográficamente.
Vámonos al San Rafael de los años ochenta.
Detrás de nuestra iglesia católica se encontraba una de las zonas comerciales más importantes que teníamos los rafaeleños.
Recuerdo aquellas casas de alquiler y, entre ellas, varios locales comerciales. Estaba la carnicería de don Juan; al otro lado de la calle, la tienda de doña Margarita; de seguido, el club de Carazo, listo para las elecciones.
A la vuelta de la esquina estaba la pulpería de don Jesús Camacho y, al puro frente, la parada de buses del pueblo.
También estaban en pleno apogeo el Billy Jeans y los videojuegos Impacto.
¡Qué tiempos!
Nada como jugar Pac-Man o aquel famoso juego de las navecitas...
Todavía recuerdo que buena parte de aquellos locales tenían un color verduzco muy particular que se me quedó grabado en la memoria.
Pasar por aquella zona era toda una aventura.
Y entre todos esos negocios —que para la época eran bastantes concentrados en un mismo lugar— había uno que quizá no sobresalía por su apariencia, pero que era visitado constantemente por los rafaeleños.
Porque cuando se acercaba una ocasión importante, había que pasar por ahí.
Su producto tenía fama de ser de gran calidad, elaborado con un estilo propio y con un cuidado extraordinario.
El trabajo aumentaba cuando se aproximaba la entrada a clases.
Y ni qué decir cuando llegaba octubre y nuestro cantón se preparaba para las fiestas cívicas.
Para aquellos años, el Día de San Rafael era sinónimo de fiesta.
Según me cuentan, se realizaba un gran baile en el salón principal del Palacio Municipal.
¡Baile con cena y todo!
Aquello era, para la época, casi al mejor estilo europeo.
A la actividad asistían algunas de las personas más sobresalientes y pudientes del cantón, porque participar requería cierta inversión: había que pagar la cuota y, por supuesto, presentarse con la vestimenta adecuada.
Era un evento bastante exclusivo.
Y ya me imagino a más de uno mientras lee esta historia...
Un montón de gente selecta, todititica mudada, bien enzapatillada, arregladita de pies a cabeza y algunos hasta con sus elegantes sombreros.
¡Casi como sacados de una escena del Titanic!
Pero semejante elegancia tenía que comenzar en alguna parte.
Y para muchos comenzaba precisamente detrás del templo católico.
Ahí estaba la sastrería.
Aunque su propietario había iniciado su negocio desde mediados de 1966, por ahí de los años ochenta trasladó su taller a aquella importante zona comercial, ubicándose entre las casas de alquiler de don Sigifredo Sánchez y el negocio de don Juan, el carnicero.
Y por aquel pequeño recinto pasó medio San Rafael.
Ahí se confeccionaba ropa para toda ocasión.
Trajes.
Pantalones.
Uniformes.
De aquellas manos salieron también los uniformes de montones de carajillos: desde los pequeñitos del kínder, pasando por los güilas de la escuela, hasta los estudiantes del colegio.
Y ahora quiero despertar otro recuerdo...
La famosa toma de medidas.
¡Aquello sí era toda una experiencia!
Si uno necesitaba un pantalón o un traje, comenzaba el ritual.
Primero el largo.
Después la cintura.
Luego el ancho.
La cadera...
Todo iba perfectamente bien hasta que llegaba aquel momento que uno, especialmente siendo carajillo, hubiera preferido evitar:
¡la medida de la jareta o del tiro!
¡Por María Santísima!
Qué incomodidad que le midieran a uno semejante parte.
Uno se quedaba tieso, sin saber para dónde mirar, esperando que aquello terminara lo más rápido posible.
Por dicha, nuestro sastre siempre fue un hombre sumamente profesional, respetuoso y todo un caballero.
Además, había que entender una verdad irrefutable:
la jareta había que medirla si uno quería que aquel pantaloncillo quedara bien lindo.
Hoy da risa recordarlo.
Pero esas pequeñas escenas también forman parte de nuestra historia.
Y detrás de la cinta métrica estaba siempre nuestro personaje.
Un hombre que no solamente llegó a convertirse en uno de los sastres más reconocidos de San Rafael, sino que también llevó su vocación de servicio a la vida pública de nuestro cantón.
Fue presidente municipal, ejecutivo municipal y alcalde municipal.
Es decir, don Víctor no solamente conoció a su pueblo desde el mostrador y la cinta métrica.
También tuvo la responsabilidad de servirlo desde la Municipalidad.
Pero hay un número que resume buena parte de su historia:
50 años.
Medio siglo dedicado a un oficio.
Desde 1966 hasta junio de 2016, cuando, coincidiendo con el aniversario número cincuenta de su negocio, decidió cerrar definitivamente las puertas de su sastrería al público.
Imaginen todo lo que pasó frente a aquellas manos durante medio siglo.
Niños a quienes les confeccionó su primer uniforme y que años después regresaron convertidos en adultos.
Jóvenes que necesitaron un traje para una ocasión especial.
Hombres preparándose para una fiesta, una boda o alguna actividad importante.
Generaciones enteras de rafaeleños.
Seguidores de Identidades, hoy tengo el enorme gusto de presentarles al señor Víctor Vargas.
Un hombre de gran temple, visión, iniciativa y calidez humana.
El sastre.
El servidor público.
El presidente municipal.
El ejecutivo municipal.
El alcalde.
Pero hoy quiero recordarlo especialmente desde aquel taller, con su cinta métrica y sus manos de artesano, porque durante cincuenta años hizo algo que parece sencillo y que, visto con el paso del tiempo, adquiere otra dimensión:
vistió a generaciones enteras de nuestro pueblo.
Bien hecho, don Víctor.
Mil gracias por su entereza, por su trabajo y por el enorme aporte que ha dejado en la historia de este noble San Rafael.
Porque hay personas que ocupan cargos importantes y quedan registradas en documentos.
Pero existen otras formas de permanecer en la memoria.
A veces basta con que alguien abra un viejo armario, encuentre aquel traje confeccionado hace muchos años y recuerde que detrás de cada puntada estuvieron las manos de un hombre llamado Víctor Vargas.






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