ELIZABETH DE SANCHEZ
Actualizado: 16 ago

Hoy les traigo una reseña para el recuerdo y, como estamos cerrando el mes de agosto, decidí regalarles un dos por uno.
San Rafael se ha caracterizado siempre por su gente valiente y forjadora. Personas que, con trabajo, constancia y amor por esta tierra, han ayudado a construir el pueblo que hoy conocemos.
Pero esta vez no quiero hablarles de una sola persona.
Quiero presentarles a una pareja que, además de haber puesto su granito de arena en la historia de nuestro cantón, se esforzó por construir algo todavía más importante: una familia unida, libre, alegre y divertida.
Y cuando pienso en ellos, inevitablemente aparece uno de esos recuerdos que muchos rafaeleños seguramente todavía guardan.
El Rezo del Niño en su casa.
Durante muchos años, aquella familia tuvo uno de los rezos más visitados y esperados del pueblo.
¡Y aquello no era cualquier cosa!
Recuerdo que hasta cien metros alrededor de la casa se cerraban para semejante acontecimiento. Era una celebración esperada por todos y, si la memoria no me falla, casi podríamos decir que era uno de los Rezos del Niño más exclusivos y sobresalientes de nuestro cantón.
Pero detrás de toda aquella fiesta había una razón sencilla y profundamente nuestra:
dar gracias a Dios por la abundancia recibida y compartirla con los demás.
Era un Rezo del Niño muy típico, de esos que reunían a familiares, vecinos, amigos y a cuanto conocido apareciera por ahí.
Había música en vivo.
Había comilona.
Y, por supuesto, no podía faltar un hermoso juego de pólvora.
Bueno...
Tampoco faltaba uno que otro taquito de guaro, acompañado de algunos licores especiales que la familia sacaba para compartir durante la celebración.
Aquello tenía hasta sus propias señales.
Cuando comenzaba a sonar el juego de pólvora, la gente del pueblo sabía perfectamente lo que significaba.
¡El rezo estaba por terminar!
Entonces algunos comenzaban a acercarse a la casa porque había que llegar a tiempo, hacer presencia y, por supuesto, decir:
¡Amén!
Y después del amén...
¡Ahí sí comenzaba aquello!
La comilona, los traguitos, la música, las conversaciones y el compartir entre vecinos y amigos.
Recuerdo que había tanta comida como gente.
Bueno, pensándolo bien, creo que hasta una que otra vaquilla sacrificaban por ahí para poder alimentar a semejante cantidad de invitados...
¡Qué tiempos aquellos!
Y qué hermoso resulta descubrir que, después de tantos años, uno no recuerda solamente la comida, la pólvora o la música.
Recuerda la casa abierta.
Recuerda a la familia.
Recuerda a los vecinos llegando.
Recuerda aquella manera de agradecer por lo recibido compartiéndolo con los demás.
Y en el centro de todos esos recuerdos estaban ellos dos.
Así que, sin mucho preámbulo, llegó el momento de presentarles a la pareja ideal.
No, no la de la canción...
Esta pareja.
La que durante tantos años ha sabido caminar junta y disfrutar las bendiciones que Dios les ha regalado como compañeros de vida, como padres, como abuelos y como grandes vecinos de nuestro hermoso cantón.
Damas y caballeros, cerramos agosto con un merecido dos por uno.
Les dejo mis retratos de Arnobio y Elizabeth.
Dos rostros.
Dos historias.
Pero también una vida construida juntos.
Y detrás de ellos, como parte inseparable de su retrato, queda el recuerdo de aquella casa llena de gente, el sonido de la pólvora, la música, la comida y todo un pueblo acercándose porque sabía que había llegado la hora de decir:
¡Amén!






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