Sr. Humberto Vargas
Actualizado: 16 ago
Identidades

Este proyecto, Identidades, nos ha permitido entrar en la vida de personas muy especiales.
Gracias al arte de la fotografía hemos conocido historias, abierto conversaciones y creado vínculos de amistad que han ido mucho más allá de cada retrato.
Y tengo que confesar que esa satisfacción de conocer gente nueva —o de reencontrarme de otra manera con personas que ya formaban parte de mis recuerdos— ha sido uno de los mayores premios que este proyecto me ha regalado.
Ahora quiero preguntarles algo:
¿Recuerdan la historia de mi perro Biyu?
Sí, aquella que les conté cuando presentamos a don Emilio, el Boyero.
Pues hoy tenemos que regresar a esa misma época.
Volvamos a la Urba, la Arguedas Molina.
Quienes vivimos ahí durante aquellos años habíamos construido, casi sin darnos cuenta, una especie de gran familia vecinal.
Y no era para menos.
Para nosotros aquello era un lugar de ensueño.
Había potreros.
Pozas.
Ríos.
Cafetales.
Y hasta las alamedas de la Urba estaban llenas de aventuras.
La historia de Biyu ocurrió en la tercera alameda.
La de este domingo comienza en la primera.
Ahí, en la primera alameda de la Urbanización Arguedas Molina —llamada así en honor al sacerdote de nuestro pueblo, el padre Arguedas— vivía una familia a la que aprecio con toda el alma.
Recuerdo muy bien a sus padres, personas respetuosas y de grandes valores.
Recuerdo a sus hermanos, cada uno con su personalidad y sus talentos.
Y a sus hermanas, por quienes guardo un cariño profundo y muy especial.
De aquella familia sale nuestro personaje de hoy.
Uno de los tres hermanos me contó algo que me llamó muchísimo la atención:
desde que tiene uso de razón, se recuerda con una guitarra.
No importa para dónde vaya.
No importa cuánto tenga que empacar.
Hay algo que prácticamente siempre encuentra campo entre sus cosas:
su fiel compañera, la guitarra.
La música estuvo presente desde muy temprano en su vida.
Tanto, que ni siquiera logra precisar cuándo comenzó a tocar o en qué momento aparecieron sus primeras composiciones.
Simplemente ocurrió.
Había un don.
Y en lugar de contenerlo, decidió dejarlo fluir.
Con los años, aquella relación natural con la música lo llevó a convertirse en uno de nuestros reconocidos cantautores costarricenses.
Porque Humberto no solamente interpreta.
También escribe.
Compone.
Construye historias.
Y tiene la capacidad de convertir sentimientos, experiencias y pensamientos en letras cargadas de poesía.
Ha recibido reconocimientos por sus composiciones y ha demostrado una extraordinaria facilidad para crear.
Pero hay algo que llama la atención incluso antes de conocer su trayectoria.
Su carisma.
Es de esas personas cuya presencia se percibe inmediatamente.
Meticuloso.
Dedicado.
Detallista.
Profundamente profesional en lo que hace.
Y, sobre todo, poseedor de una característica que mi esposa y yo valoramos muchísimo en las personas:
Humberto es una persona auténtica.
Pero aquella guitarra que comenzó acompañándolo desde sus primeros recuerdos todavía tenía que llevarlo mucho más lejos.
En 2006, Humberto Vargas representó a Costa Rica en el prestigioso Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar, en Chile.
Llegó con una composición suya:
«Dilo de una vez».
Y aquella canción hizo historia.
Humberto consiguió para Costa Rica uno de los reconocimientos más importantes del festival:
la Gaviota de Plata a la Mejor Canción de la Competencia Internacional.
Imaginen por un momento el recorrido.
De una casa en la primera alameda de la Arguedas Molina...
a uno de los escenarios musicales más reconocidos de América Latina.
De aquellas tardes entre cafetales, potreros y vecinos...
a escuchar el nombre de Costa Rica en Viña del Mar.
Y todo acompañado, de una u otra manera, por aquella fiel compañera que siempre encontraba espacio en su equipaje.
La guitarra.
Por eso resulta especialmente gratificante para mí que hoy sea mi cámara la que tenga la oportunidad de interpretar a este personaje.
Seguidores de Identidades, les presento al cantautor costarricense y orgullosamente rafaeleño Humberto Vargas.
Nuestro amigo.
Nuestro vecino.
Un extraordinario exponente de la música costarricense y un artista que ha llevado el nombre de Costa Rica muy en alto.
Hoy les dejo mi interpretación fotográfica de Humberto y, como siempre, espero con muchísimo interés sus comentarios.
Pero antes de terminar vuelvo mentalmente a aquella primera alameda.
Porque posiblemente nadie que viera entonces a aquel muchacho con su guitarra podía imaginar hasta dónde lo llevarían sus canciones.
Quizá Humberto tampoco lo sabía.
Tal vez simplemente hizo lo que hacen las personas auténticas:
escuchó aquello que llevaba por dentro y tuvo el valor de convertirlo en su propio camino.






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