Carlos Luis Cordoba Camacho
Actualizado: 18 ago
Identidades

Los sábados tenían algo especial. Era día de alcahuetear a los clientes más frecuentes y, entre conversación y conversación, aparecían las bocas de chicharroncito. Algunos llegaban para hacer las compras de rigor; otros, para tomarse un traguito con los amigos. Al final, alrededor de aquel mostrador ocurría mucho más que comprar y vender.
Hola, respetables amigos.
Es un hermoso domingo y, como tal, me permite iniciar una nueva etapa de Identidades. Dios me ha dado la bendición de realizar un cambio de formato en mis imágenes y comenzar así una nueva etapa de este proyecto.
Hoy quiero llevarlos hasta un lugar que muchos todavía guardan en la memoria de San Rafael de Heredia.
Sé que muchos conocen el término comisariato, tan propio de una época ya superada. Consistía en un lugar donde se fusionaban dos comercios muy necesarios para la sociedad de entonces: básicamente, una pulpería de barrio donde había de todo y, a su lado, un bar donde se comerciaban algunos de los licores de la época. En algunos hasta podía aparecer en la lista el famoso chirrite, aquel hecho de puritica caña y tapa de dulce.
Nuestra historia se remonta a uno de esos comisariatos, que abrió sus puertas por allá en los años setenta. Era contemporáneo del de Paco Valerio, ubicado en el centro de San Rafa, frente a la plaza de deportes, donde hoy se encuentra el parque.
La ubicación de aquel lugar era tan estratégica que reunía a mucha gente del pueblo. Poco a poco, el negocio se convirtió también en un lugar para socializar, compartir y construir un ambiente familiar de diversión y entretenimiento.
¡Qué bueno, se acerca el sábado!
Los sábados eran especiales. Ese día se alcahueteaba un poco más a los clientes frecuentes y se servían bocas de chicharroncito. Era momento de hacer algunas compras de rigor y, para muchos, de tomarse un traguito con los amigos.
Durante el resto de la semana, las boquitas dependían más de la improvisación y de lo que a cada uno se le antojara sacar de la pulpería. Muchos escogían los gallos de salchichón —aquel salchichón “del que relinchaba”, lo más criollo posible— acompañados de unas tortillas y, de vez en cuando, un chilito jalapeño.
Tampoco podían faltar las galletas soda con atún de vegetales.
¡Ahhh! Eso sí que era una boca… rápida.
Pero los domingos tampoco se iban en blanco.
De la convivencia en el comisariato nació toda una organización de amigos frecuentes que decidían hacer paseos adonde se les ocurriera, con el único propósito de continuar aquella maravillosa relación que había comenzado alrededor del negocio. Entre esos viajes eran indiscutibles las paradas en el Puerto, es decir, Puntarenas, destino de muchísimos ticos en aquella época.
Y es que aquel comisariato no era simplemente un negocio.
Era un pequeño centro social donde muchos dejaban atrás el estrés cotidiano y encontraban una forma sana y divertida de compartir la vida. Buena parte de esa fama se debía a su dueño y administrador, un hombre que durante treinta años hizo presencia en aquel lugar y que tenía una manera muy particular de relacionarse con la gente.
Recuerdo, por ejemplo, que daba fiado a muchísimas personas. Y detrás de aquella confianza estaba también la famosa libreta de las cuentas, que uno de sus muchachos procuraba llevar siempre al día.
Porque don Carlos tampoco estaba solo detrás de aquella historia.
No puedo terminarla sin mencionar a dos de los pupilos del comisariato, dos grandes personas que en la actualidad siguen siendo gente de bien: Ronald y Leiva. Ellos también forman parte de la memoria de aquel lugar y de quienes alguna vez llegaron hasta su mostrador.
Ahora sí puedo presentarles al protagonista del retrato de Identidades de esta semana: el señor Carlos Luis Córdoba Camacho, uno de los grandes pulperos de aquella época.
Después de administrar el Montreal durante al menos quince años, don Carlos dedicó toda una etapa de su vida a la famosa Pulpería Córdoba, ubicada cien metros al norte de la entrada principal del Colegio Carlos Pascua. Durante treinta años, aquel negocio formó parte de la vida cotidiana de familias, vecinos y estudiantes, hasta que desapareció hace diecisiete años a causa de un incendio devastador.
Treinta años no son solamente una cifra cuando detrás de ellos hay personas, conversaciones, cuentas apuntadas en una libreta, amigos reunidos, sábados de chicharroncito, gallos de salchichón y domingos de paseo.
Por eso hoy Identidades quiere pegarles una sacudida a sus neuronas y hacer revivir un lugar de nuestro querido cantón. Pero, sobre todo, quiere reconocer la labor de nuestro queridísimo don Carlos y de sus muchachos, quienes durante tantos años sirvieron a nuestras familias y a generaciones de estudiantes.
La Pulpería Córdoba ya no está, pero todavía puede aparecer cada vez que alguien diga: “Yo me acuerdo…”.
Y quizá ahí esté la mejor manera de mantener vivos ciertos lugares: en las historias de quienes alguna vez los compartieron.
Así que la invitación queda abierta. Si usted entró alguna vez a la Pulpería Córdoba, conoció a don Carlos, compartió con Ronald o Leiva, compró algo, pidió fiado, se comió una boca o simplemente guarda una anécdota de aquel lugar, déjenos su recuerdo.
Porque esta historia no termina aquí. También pertenece a quienes todavía pueden contarla.






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